Cruzando el cielo

Sin techos ni medias sombras, sin cadenas que aten las verdades que nos pintan de pies a cabeza, y que estan en ese lugar inhóspito al que debo llegar. Empezando por hoy, y te llevo conmigo....

Nombre: Matias M. Ferrari
Ubicación: Barracas, Cap. Federal, Argentina

Estudiante de periodismo, o algo parecido.

miércoles, noviembre 15, 2006

Psicodermis

Psicodermis es la piel celular
que recubre abriga
e inspira al psico-pájaro-carpintero
que lagrimea cantatas verdáceas
en la penumbra
y picotea
a un par de ojos extraviados
de mirada despampanante
y terco desalineado orbital.
Sus ojos sangran un océano mudo
azul del que se sale y se entra por la ventana
pues las puertas han sido todas
ya inventadas.

Distantes Inviernos.

Un crisol de noches
demasiada soledad
demasiado cerca.
Algo parecido a no saber
algo siniestro
nada.
Carecer de manos
y de pies.
y mientras tanto
seguir buscando
dónde ser.

Amenaza
Cuando amanezca
todo quedará teñido por este insomnio;
el mar sepultado bajo esta sombra
y sus brazos mudos.
Quedará un resto en la mañana
de este rocío alucinado
por un cauce seco
y una espina mellada.
Seré un frágil balbuceador de mediodía
al que el ocaso le pesa
y no comprende castigo
aunque bien castigue ya.
La tarde pronostica más demoras.

La nueva noche traerá sus concecuencias, otra vez. Trataré de pavilarlas, detrás de un aparato, de encasillar su dicha bajo alguna condición del tiempo. Hay maldición. No se sabe bien cuál, ni dónde, ni en quienes. Surgen la amnesia en tantos y la demencia en los sabios.
La noche en la ciudad es fría. Y en esa jauría de la nostalgias, camino distante ese cuadro fatalde penas sobre penumbras.


Orgía de Cenizas
Como un viento envenenado
enjaulado en una muda postal
la verdad se nos precipitó cual
un cuerpoespín aterciopelado.

que gatilló
cortando el aire
quemando mis cartas
madurando la ingenuidad.

el desamor se opone a cruzar miradas
como a la fábula el secreto
de que hoy somos un plagio
de lo que alguna vez fuimos.


Reclamo
Ese reclamo prófugo
entre vos y yo.
Esa carta perdida en el tiempo
y cuanto más tiempo
menos tiempo y más distancia.
Esa inocencia que nos debemos
refutar al silencio
y llamar a la calma.
Creo estar abrazándote con estas
palabras que alguna vez
callé por maldición
que pesa sobre mí como
los años pesan
y secan la garganta.
Creo deberte un abrazo
para siempre.


¿Pasarán ellos mis incendios por la aduana de tu corazón? ¿Podrán burlarse de sus centinelas recelosos de un pasado que les ahulla al oído de sus gorras y sus bastones? ¡Quisiera eludir todos sus prejuicios vigilantes, sus desparpajos volátiles, sus paredes de mármol, sus coágulos de cenizas, sus oídos tapados por la cera del desaliento! ¡Que no quede trunca la amputación de la corona de tu dolor! ¡Quisiera eludir los fantasmas que te custodian, para así luego atravesarlos sin pausa, sumergirme en su profundidad y destrozarlos! ¡Quisiera despeinarte de sentido y abrazarte en tu desnudez! Y entre tanto anhelo, esta maldición... ¡maldición que no se calla!.


Bajan
Jazmines de contrabando
trajo desde bajo al trono
este viento enfurecido
de arrabales clavicordios
cobrando coimas inabarcables.

dice una voz que dónde estás
que donde estaban, ¡que quienes somos!
que donde estábamos, que...
en dónde fuésemos,
fuimos.

detrás de la verja se puede ver el cielo,
pero sólo detrás de la verja.


Sucias Secuencias
Tétrico destello
desprendimiento glaciar
estruendos escondidos
mudos altavoces
llanto disecado
resaca pública.

Asco sin escrúpulos
escape inconsciente
gases lacrimógenos
culto al repudio
nudo en la garganta
ganas de llorar.

Sentidos retorcidos
discretos pase y siga
cubiertos derretidos
platos de verguenza:
la mesa está servida
y mi corazón en el horno.

Pido la carta
y firmo al dorso
mi renuncia definitiva.


El rostro de la ciudad luce enfermo. Sus pulmones nombran inciertas avenidas de papel. Los suspiros de sus cabezas me atormentan todos los días cuando es de noche. En sus sueños lúgubres, sucumban el progreso denostado y la hambrunade aventura que mi juventud reclama. El tiempo es lamentable tiempo, en laciudad. Y el sacrilegio, ah, cuánto de él he de caminar rutas, tantas horas, tantas vidas, tantas bifurcaciones del olvido, tanta cáscara, tantas palabras. En sus pies las ciudades se emborrachan, se dan vuelta, se tuercen: ¡en sus pies la ciudad verdaderamente descanza!.


Quien pierde que
Hay una urgencia indebida
que no tiene nombre.
Hay un alma perdida
que vive en la cuadra oscura
que tiene un vacío entero
para prestarme.
Hay una canción huérfana
esperándome.
Las horas corren
y la ciudad me pierde.


Alucinan los salvajes seres que proclaman su enfermadad, la enfermedad de las ciudades. Me cantan al oído, los escucho susurrar. Son dulces y sabios. Alucinan los poetas, los escucho cantar. Tienen algo de desesperación. Son los hijos de los ángeles que reclaman las hojas de la selva en la noche y el aullido de los dioses, tapados por cemento. Frío cemento de oro. Frío arrastrado y tormentoso, que recubierto de un tedio es mentira y piedad. El rostro de la ciudad luce enfermo. Sálvenme ustedes.


No eco.
Quietud. espacio íntimo derramado
la inconciencia me lleva al desparpajo
a ser una bestia
de la nada toda
e inmensa.

Soledad, se oye
lo que nadie me grita.


IMPACIENCIA.
la figura del potro podrido
domado.
la silueta del sueño dormitado
en penitencia.
la luna lunática
embebida y empastillada.
la cara de la otra cerenidad
desenvuelta sobre este mundo
enrollado.
la paz en guerra y la guerra en paz.
el frío se coló por la ventana.


Olas inmensas que en la noche rompen la calma pero calman la rompiente. Emergen violentas a lo sepulcro. No hay orilla, hay arena. Almas rebalsadas, tan pesadas. Océano mudo. La maldición. Esa que jamás será culpa. Quizás fue el comienzo de, o el final cómo.


Espirales
Crecieron los tentáculos del abismo
a coágulos monstruosos de la tarde
que me aprisiona en un llanto seco
detrás de una eterna pared.

la pared del dolor
infinita; sus escombros
espirales.



[la penumbra es verde
y el corazón azul]

martes, noviembre 14, 2006

Neluditis Psicodérmica

Tierra mia
Tierra que me diste
ladera en tu vientre
y la cima...
subirla
despacio
labrar una vida
de a poco
dando saltos
campestres
y molinos de viento
buscando aire
que me sofoco
con un suspiro
de tu pelo.


Jueves
Te imagino entre los días de hoy
apretada, apurada y afligida
entre los días de pupilas cansadas
y postura vencida de aquí para allá.
Imagino tus delicadas líneas y curvas
dobladas por quien sabe qué
preocupación verduga y papeles demás
a los ponchazos del horario fatal.
Imagino tus manitos de pincel y carbonilla
dibujando torrentes de rojo y violeta
sobre lo gris de lo asfaltoso
y el beige de las paredes.
Te imagino imaginando
que la espera termina
y empieza mañana y entonces
te rapto y te vienes conmigo.
Y yo que tanto te imagino
y tanto te espero:

¡Cuanto me gusta sumergirte entre mis brazos
y abrirte la fantasía!

¡Cuanto me gusta dormirte en mi pecho
y adivinarte los sueños!

¡Como me gusta mecerme
entre las piernas de tu piel!

¡Como me gusta sembrar vida
entre las muertes de tu voz!

Ah...
mañana
nuestro escondite de los días de hoy.


Amaneces
jardines encantados
se amacan en mil arcoiris
creciendo la primavera en tus flores
un cielo sirve de alfombra.

uno, a lo sumo dos,
dos, que suman uno.

Océano que canta.

Fresca la mañana
cálido el ocaso.

Una balsa que naufraga blanca
costeando las orillas amarillas
de la tierra prometida.

Tu vientre
Océano que baila.


Abre.
Desnudos tus ojos,
desnudo el cielo
y canto:
¡piedra libre al sol
detrás del velo!

¡piedra libre a los colores,
piedra libre a nuestro amor,
piedra libre a la luna,
que se encanta y brilla!.

Piedra libre a tu sentencia
que hace explotar tus sedimentos
liberando tus matices al vuelo.

Desnudos tus ojos
se abre el telón.

Nace.
Cuando se quiebra la cáscara
y el milagro sucede
un pimpollo mira al sol
como yo miro tu vientre.

Del corazón de una gota
se abre un pétalo libre al aire
que se parece al cuello de las rosas
y que es tu alma.

La Psicodermis tiene mucha PaCiencia

A la comunidad científica mundial:

Luego de muchos años en los que nos encontramos inmersos en un avance deliberado de nuestros estudios, años de intenso trabajo, horas sin sueño y semanas en el laboratorio, los integrantes de este cuerpo de investigación decidimos, luego de muchos discernimientos y discusiones, y sobre todo con mucho dolor, apartarnos definitivamente del proyecto Beta 21-4* 321-188-84, alias la persecución del sucio. Nuestras discusiones acerca de esta situación se centraron básicamente en la conveniencia ética de continuar las investigaciones sobre lo que lamentablemente hoy es un cadáver. Cabe destacar que quien les escribe este comunicado, con el apoyo del director del grupo y jefe del comando, el Sr. Beta 21-4*321-188-84 / 01 Barbijo, fuimos los primeros en sostener acérrimamente nuestros ideales éticos dentro de la profesión, y por lo tanto hemos tomado la decisión de no ceder ante las presiones externas e internas de continuar el proyecto en semejantes condiciones.
Por la corriente llamo a la comunidad científica a solidarizarse con nuestra situación, pidiendo el respaldo que creemos merecer no sólo por nuestras trayectorias y nuestros logros en esta investigación en particular, sino, sobretodo, por respeto al dolor que sentimos por el fallecimiento de nuestro objeto de estudio, debido al cariño que pudimos establecer hacia él luego de tantos años avocados a su observación y – tan difícil – comprensión.
El respaldo que solicitamos no es sólo económico o moral, sino a partir de una palabra cuyo significado creemos perdido dentro de la comunidad: respeto. Nadie, absolutamente nadie, luego de la desaparición en alma (y cuerpo) del Oloroso, como así también mucho tiempo antes de este suceso, se nos ha acercado ni en su momento con una palmada en la espalda en felicitación por los progresos obtenidos y el esfuerzo de todos nosotros, ni hoy en día con un abrazo o un mínimo gesto de compasión ante tanto dolor.
Sabemos muy bien cual es la causa de esta situación: la discriminación a la cual nos someten aquellos que no han podido – por falta de capacidad, coraje u hombría – hacerse cargo o formar parte del proyecto, y se han alarmado ante la noticia de que nosotros sí nos sentíamos capacitados para un emprendimiento de tal magnitud. Repito, nadie se nos ha acercado nunca. Consideramos este hecho como lamentable y nos causa el mismo repudio que nosotros les causamos a esas “personas” – que no deberían gozar de tal calificativo puesto que no entran dentro de sus parámetros ni conservan alguna de sus cualidades -.
No quisiéramos, bajo ningún punto de vista, dar lástima. Sin embargo consideramos que enumerar las vicisitudes de nuestro periplo investigativo dejará al menos un fiel testimonio de la ardua tarea del investigador, del complicado oficio de su búsqueda de la verdad, y ayudará a comprender su metodología y sus esfuerzos, en este caso como es de ya público conocimiento, extremos y extenuantes.
El objeto de estudio 40000-22/ F 22, a quien por practicidad denominamos el Oloroso, nació pobre en la zona 232323/22 del partido 010203/04, correspondiente a la provincia 9003, barrio mundanamente conocido como Sarandí, en el partido de Avellaneda, en la Provincia de Buenos Aires. Allí se crió y creció fuerte como un toro y ya desde su más tierna infancia comenzó a desarrollar las propiedades del tipo de espécimen que desde nuestras épocas de estudiantes nos apasionaban tanto a mí como al ya nombrado director del proyecto. Rememorar aquellas épocas distantes en las cuales sembrábamos nuestros conocimientos, abocados a nuestra obsesiva pasión por el descubrimiento, soñando con algún día llegar a poder abarcar esos temas que necesitaban de la explicación de la ciencia para cambiar el mundo y cosechar el progreso, me producen una nostalgia difícil de sobrellevar, dadas hoy estas circunstancias. En fin, lo importante es descentrarse de nuestra historia particular y continuar con los detalles verdaderamente importantes.
Ya adentrado en la edad de la pubertad, con el cambio hormonal, nuestro objeto incrementó aún más sus propiedades tan peligrosas por las cuales fuimos en su búsqueda. Entre los vecinos del barrio de la familia del muchacho comenzaron a aparecer las primeras quejas y desagrados por la pavorosa hediondez que emitía su piel, incalculable y rebelde, desaforada e indomable. Su situación no le permitía establecer relación alguna con sus “pares” – que en realidad no eran pares en lo que respecta estrictamente al significado del término – ni tampoco ir al colegio y por ende recibir instrucción civil alguna. Su propia familia se encontraba en una situación muy difícil de resolver puesto que su olor era tal, que la vegetación de toda la manzana había muerto, incluidos desde yuyos hasta árboles, entregadas al hedor. Sólo tenía un amigo: un zorrino, que era su feliz compañero y mascota.
Así fue como su caso tomó carácter público y funcionarios del Estado mismo alentaron y subvencionaron la investigación: debíamos ir hasta el fondo de la causa de este extraño fenómeno paranormal y corregirlo de inmediato, puesto que se intuía que se reproducía geométricamente (cuestión que descubrimos luego falsa y que atribuimos a la ignorancia sobre el tema en todo el mundo).
Nos sentimos francamente afortunados, tocados por la varita mágica. En primer lugar, por el guiño que la naturaleza nos dio, al nacer a la criatura en nuestro territorio, dado que existen contados casos de este tipo en todo el mundo, y por otro lado, que fuésemos nosotros, apasionados investigadores de este tipo de problemática, la Parapestilencia, los elegidos. Años y años de esperar y soñar dieron finalmente sus frutos y la felicidad y el entusiasmo se apoderaron de nuestro espíritu: estábamos dispuestos a demostrar que éramos los más capacitados para brindarle a la sociedad una solución a este problema.
Sin embargo la desgracia no tardó en hacerse presente. Nuestra vida fue un calvario desde el día mismo en que comenzó la osadía. Lo primero fue capturarlo: el hedor del espécimen era tal, que se hacía imposible acercarse a él en un radio de menos de 5 milímetros a no ser que fuera con la protección de una máscara. Finalmente, fue la agente Beta 21-4*321-188-84/ 06 Probeta quien tras una excelente y valiente persecución logró capturarlo para su estudio. Lo más doloroso de su trabajo, según nos contó, fue separarlo de su inseparable mascota, con la que llevaba una relación simbiótica y que ofreció una dura resistencia a pura emanación de gases.
Cuando arribó el objeto a nuestro laboratorio, precisamente el día 21 del mes 4 del año 1979, procedimos a desnudarlo: llevaba sus calzones podridos, lo que nos produjo unas náuseas que hasta el día de hoy padecemos y que no hubo medicamento capaz de erradicarlas. Su aliento, cual búfalo descompuesto, cual cadáver en descomposición, cual manzana podrida, cual basural irreciclable, provocó el estallido de los tubos y recipientes de nuestro laboratorio, como lo hace un grito muy agudo con los vidrios.
Por supuesto que procedimos a taparle la boca, cortarle a ras el pelo en corte militar, y sobre todo a bañarlo. Pero descubrimos que aún así su olor permanecía: esto nos dio la pauta de que su problema era entonces de tipo glandular. Así, luego de muchos meses de estudio establecimos que la Parapestilencia es una enfermedad que se produce por una degeneración de los parámetros normales del funcionamiento establecido de las glándulas celulares, en particular de las mitocondrias, que no pueden entonces realizar la respiración celular, por lo que “transpiran” de sobremanera, lo que produce ese olor definitivamente infernal. Este descubrimiento nos valió varios premios internacionales, y la gloria en el ambiente científico, aquello que siempre soñamos.
Ahora bien, ustedes, con toda razón, se preguntarán cuál es la desgracia, cual la pesadumbre, cual el infierno en el que contamos que estamos sometidos, y porqué el Oloroso murió. Pues bien, paso entonces a relatar las partes más desagradables (aún más desagradables) y desgraciadas de la situación.
Como dije anteriormente, para ponerse a investigar semejante objeto de análisis tan complicado e impredecible, hay que tener cojones. Y sobre todo hay que sumarle a esos cojones, otro container más lleno de esos cojones para poder resignar cuestiones fundamentales en la vida de un hombre.
Mi mujer me dejó a los pocos meses: el olor se me había pegado de tal forma que era imposible tener relaciones, puesto que según sus palabras la excitaba más oler excrementos. Llegué a probar con lavandina y hasta con agua ras con tal de disimular el hedor que comenzó a salir de mis axilas y mis poros. La sarna comenzó a brotar. Mis hijos dejaron de hablarme, pues elegí, necio y testarudo, omitir y hacer oído sordo a sus reclamos y llantos desesperados y quejas, pues estaba tan inmiscuido en mis objetivos profesionales que descuide totalmente no sólo mi apariencia personal, mi presentación, sino también a mi familia. Hace pocos meses mi madre ha muerto y no he podido tomar plena conciencia del dolor que me está carcomiendo. Borracho y confundido, mi sentido del olfato carece ya de toda comprensión de la realidad: se alarma y se enfurece ante cualquier mal olor que vague libre por los cielos y los amenaza con mandarlos al reformatorio, de donde bien perfumaditos y bañaditos saldrán.
Siempre creí que el infierno era una mera metáfora, incomprobable científicamente, incontrastable empíricamente, y en todo caso, lo creía sólo existente dentro de la Biblia de modo que con sólo cerrarla se acababa el asunto. Aprendí que el infierno es perfectamente medible, de hecho puedo asegurar que según mis cálculos, estoy en el estrado 26*44/17 B de su escala terrible.
Volviendo al tema que nos compete, luego de establecer cual era la causa de tal padecimiento, comenzamos, preocupados por nuestras situaciones (no sólo yo me había contagiado, sino que a su vez todos mis colegas iban de mal en peor), a buscar una cura. Inyectamos al infeliz cantidades de experimentos sin ninguna respuesta. Buscamos todo tipo de soluciones, hicimos millones de análisis, exámenes, tests, pruebas (creció nuestra impaciencia 33 bis), ensayos, experimentos, fórmulas, recetas, sistemas, inventamos técnicas, métodos que bien podrían ser revolucionarios de la medicina; hicimos operaciones, cirugías, incisiones, cisuras, hendiduras, divisiones, segmentaciones, particiones (perdimos la razón 22/73*B4), cortes, tajos, disecciones, disgregaciones, extirpaciones, desmembraciones, amputaciones, mutilaciones, desintegraciones…

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"Curioso que la gente crea que tender una cama es exactamente lo mismo que tender una cama, que dar la mano es siempre lo mismo que dar la mano, que abirir una lata de sardinas es abrir al infinito la misma lata de sardinas"
------- Julio C.

La celosa.

Luego de una espera inaudita, me sacaron a vivir. Ya no soportaba estar en la cucha ridícula que habían pretendido para mí como alacena. La espera fue eterna, enjaulada entre las ollas y los cubiertos me sentía como muerta, apresada. Mis alas no tenían lugar para abrirse y volar, y lo peor de todo es que no estaba castigada. En tal caso, el castigo fue por volverme vieja, y las viejas adictas son muy mal vistas en esta sociedad, pero creo que sobre todo deben serlo en esta casa y en esta cocina en particular.
Siempre fui criticada por mi adicción, es cierto, pero ya en los últimos meses ni he tocado una mínima porción de mi preciado jugo. Ni una pizca. Y no tener relaciones con el aceite es para una sartén tan difícil como para un plato hondo resistir sin su dosis semanal de erótica sopa. Me encerraron, creí para siempre, junto con el resto de los elementos de cocción que entran en desuso y oí por ahí no se pueden desechar tan fácilmente. Sin lugar a sentirme como una chatarra, hubiera preferido mendigar mi droga en alguna cocina más precaria o incluso en un basural antes que estar atrapada entre los trapos viejos.
Pero gracias al cielo del trigo y el maíz, como dije antes, me liberaron. Sin embargo las expectativas que tenía con respecto a mi liberación se vieron frustradas (demasiado). No fue el patrón ni la patrona quienes me sacaron del tedio, sino el pequeño mounstrito humano que ya había empezado a crecer deliberadamente y en consecuencia sus pisadas y gritos desaforados ya retumbaban permanentemente en la cocina, como si fuese un castigo adicional para nuestra salud, ya de por sí venida a menos por la abstinencia.
Para mi desgracia, al niño se le había ocurrido amarse una batería para tocar rock. Tan pequeño él. Por supuesto que necesitaba platillos y bombos, y siguiendo un razonamiento mas o menos lógico, las sartenes y las hoyas fuimos el blanco elegido para recibir los duros golpes del destino. La pequeña bestia me arrebató de mi prisión y me llevó consigo al altillo, a sonar como nunca.
A esa altura del partido lo consideraba una muerte digna. Recibir golpizas como parte de una batería era mucho más digno que la oxidación en una alacena. Todas, incluidas las hoyas, pensábamos igual. Hacía unos meses que ya habíamos sido reemplazadas por un juego nuevo completo de cubiertos que incluía vasos, platos, tenedores, cuchillos, ollas, y claro está, una sartén de aluminio última generación. De modo de que fui reemplazada sin compasión y sin piedad, con la misma frialdad con la que se anuncia un drástico recorte en educación y salud pública.
Así fue que dejé de formar parte del ritual erótico de la fritura del aceite ardiente y alzado, arropado entre las papas fritas sudorosas y las milanesas gimientes y danzantes, que eran mi preciosa adicción, mi razón de ser, mi píldora de la felicidad. Quiero decir, mi perfume celestial, mi poesía, mi fantasía, mi música. Las frituras, mi amor platónico, el paraíso, el pecado, el motor, la pulsión, el deseo, la suerte, la dicha, el juego, las risas, la montaña y el mar.
Esa ramera jovencita, trepadora y serpiente recientemente fabricada, se había apoderado de mi lugar, apartándome del ritual de las frituras, de esa misión divina para la cual fui creada, apartándome de mí destino. Yo sabía de la fábrica que provenía, de modo que sabía muy bien que no había sido fabricada con alas. Estoy muy enterada de las cosas, de vieja tendré las canas y el óxido, pero conservo la tenacidad del odio y el resentimiento. Y todavía tengo mucha cuerda para seguir.
Planifiqué todo con absoluta precisión en un tiempo muy escaso. Darle muerte a esa chirusa fue mi obsesión desde que llegó posando su tecnología de punta y su figura delineada en aluminio y bañada en bronce. Y ahora que podía lograrlo, que volvía a sentir la libertad, me sentía con poder de lograr cualquier objetivo en el mundo. Volví a sentir mis electrones nuevamente fluir con intensidad, peleándose en una dura batalla en mi estómago como las que brindan las mariposas en primavera, con mis protones y neutrones ya como polillas de laboratorio, tristemente vencidos por pura inspiración metálica.
Sabía muy bien que la aventura del niño duraría lo que un santiamén (eso que es emanado del intestino de las personas luego de ingerir lo que yo con toda mi lujuria les preparo). Pero en fin, se trataba de todas formas de un extremadamente doloroso, casi mortal, santiamén. Era todo a contrarreloj. Debía lograr zafar del suplicio y vengarme, tanta bronca tenía que ardía de calor. Debía establecer los puntos centrales de mi estrategia, aprovechándome de que ella si bien es cierto, podía ser muy nueva, estar a la moda y ser flaca, livianita y estéticamente preciosa, carecía de alas. Conocía su punto débil, su tendón de Aquiles. Sólo me restaba entonces atacar certera y fugazmente, y esconder la evidencia de mi crimen perfecto. Se me hacía agua la boca de sólo pensar con volver a sentirme hirviendo en la sangre de Satanás, de bailar su danza orgásmica y que la familia se alimente nuevamente de mi concepción. Soy el ave maría, la madre total, pero que se acuesta con el enemigo por alabar al reino de los paladares sabrosos y jugosos de pecado. Soy capaz de matar por ellos, de entregarme toda.
Sin embargo estaba por morir mutilada en cualquier instante. La muerte era cuestión de minutos. De alguna forma u otra debía escaparme de la batería y lograr volar nuevamente hasta la cocina pasando desapercibida. Mi plan era el siguiente: zafarme del niño en cuanto comenzara a colocar a las ollas como bombos (lo lamenté mucho por ellas, pero no tuve tiempo de rescatarlas) y bajar en pleno planeo por las escaleras y de un golpe certero terminar la chirusa nueva y a otro tema y de vuelta a la vida.
Así fue como me safé del niño, tras un movimiento maradoneano, que constó de una voltereta en el aire, como un firulete volador, desconcertante de tan rápido y genial, y escapé de la estructura de percusión y fui libre. No creerán mi destreza. Creo haber realizado dos veces un salto mortal, seguido de la delineación de la figura de un cisne blanco con tres volteretas en el aire, dejando un rastro de mil arcoiris como destello. Dije maradoneano, pero lo que hice fue algo difícil de calificar. Fue de tal calidad el movimiento, que el niño quedó anonadado, y de tan confundido, pareció considerar normal que de repente una sartén desplegase sus alas y se elevase en un vuelo liberador, pues permaneció con sus ojazos bien abiertos y no atinó a reaccionar de forma alguna.
Pero muy a pesar de mí y de mis esfuerzos, aconteció algo extraño, algún hecho de indescifrable génesis al final del vuelo pues no pude planear, y a cambio tuve un aterrizaje algo forzoso, diría mas bien algo tosco y siendo un poco más sincera, despojado de cualquier intención artística. Semejante firulete me costó no poder mantener el equilibrio y entonces caer dolorosamente y rodar cuesta abajo por las escaleras del altillo.
Quedé casi postrada, y hoy apenas sirvo para cocinar un churrasquito de dios por semana con algún purecito de zapallo santificado. Mi mango se partió en mil pedazos. Jamás logré llegar hasta la guarida de la chirusa nueva. Jamás volveré a freír. Pero lo peor es que todavía no puedo descifrar que fue lo que pasó en mitad del vuelo que me hizo padecer de esta forma. Y la Chirusa mal viviente, serpiente trepadora, joven, desgraciada, quisiera poder estrujarla con mis propias alas y condenarla a la fundición.
No hay consuelo ya, más que saber muy bien, porque a pesar de ser vieja y estar postrada todavía me entero de algunas cosas, que todavía existen las llamadas “Dietas de la luna” y que yo sepa, la grasa de la patrona ya no da para más papas fritas.

Psicopatolodermis de la vida cotidiana

Carta de despedida:

O informe médico. Es que se trata del diagnóstico de un enfermo (pobre enfermo, o sea yo) a pocas pastillas más de pasar de lo referente a la enfermería, a lo referente a lo forense (cuantas pastillas he tomado y cuanto referido a lo forense ya poseo en mi cuerpo y en mi alma).

Esta mi enferma patología (porque además de estar patológica es enferma la pobre, o quiero decir, de tan pobre es enferma, lo que es aún más enfermo y a la vez más pobre) me nació, alcanzo a creer, de la suma de muchas otras patologías anteriormente existentes. Nació, aún puedo recordar, la fatídica (y pobre) tarde en que recibí en mi consultorio a la pobre (y luego fatídica y luego famosa) Ídica Martindez: nació del coito entre todas mis patologías previas y las suyas. Con esta carta (y con todas estas pastillas y con aquella pobre tarde perdida entre el tiempo y las pastillas) creo estar dándole muerte (si era de nacer, sería también de morir). No creo ni pretendo excusarme en lo absoluto. Ya todo lo sabrán.

Me recibí de Psicólogo en el año 1983, de modo que, como ya se habrán enterado en la radio, en la televisión o en los diarios, donde tararean mi nombre y apellido como loros (que cosa más triste), seguido de justificados agravios, insultos y todo tipo de ataques con vocabulario referido a los enfermos, soy el licenciado Armario Grundig. El mismísimo ya no hombre sino completo muñeco vudú de esta sociedad también patológicamente triste. Como verán quiero dejar las cosas bien claras, aún así puede que peque de tedioso y repetitivo (seguramente los interesados en leer mis ultimas líneas desearán conocer los detalles perversos y morbosos de lo que sucedió aquella tarde con Ídica, pero lamento comunicarles que parte de mi último disfrute es este demorarlos en su pesquicia devoradora, aunque sólo sean unos segundos, tened paciencia; por otro lado las pastillas me hacen volar un poco más de lo habitual, ya he tomado bastantes y pienso seguir tomándolas hasta dormir eternamente). En definitiva, ya tengo qué confesarles, como adelanto a su carnívora impaciencia, aunque imagino que los más sínicos y suspicaces ya habrán adivinado: detrás de todo aquél título y renombre profesional se esconde un escritor frustrado (ya no hace falta aquí hablar de patologías o de tristezas, ni tampoco de pastillas o de fatalidades).

No crean que se trate de un texto agresivo. De hecho ya no tengo fuerzas para la agresión, ni mucho menos para las delicadezas, tan sólo para dar lástima, supongo. De todas formas, la lástima aquí está dada por lo siguiente: lean como un hombre destina sus últimas letras, sus últimos sentimientos, a la nada toda, se supone que las cartas de suicidio están dirigidas a alguien en especial muy especial, y estas manchas negras sobre un fondo infinitamente blanco que se siente entristecido de recibirlas también él no tienen destinatario alguno más que quienes investiguen la causa y quizás quienes del morbo harán algún negocio y se llenarán su bolsillo o su cinismo, y tengo que agradecer que así lo hagan, porque en definitiva soy yo quien ha tomado estas pastillas, 21 y sigo contando, y quien ha de perderse sabiendo que ya estoy perdido. Esta lapicera se está gastando y seguramente correré en busca de una nueva. Y eso dice muchas cosas.

Fui a buscar una nueva lapicera y volví, pastillas de por medio, e iluminación de por medio. Cosa del destino, recordé algunos detalles que creía perdidos: al llegar a mi cuarto en busca de la lapicera no me resistí y abrí por última vez el cajón donde solía guardar todo lo que le escribía en las noches que se ausentaba: son curiosamente premonitorias cartas de lo sucedido, letras atormentadas de una conciencia que se iba destiñendo y desajustando con el accionar de la fatalidad. Seguramente estas últimas que iré vomitando mientras pueda (viva) completarán la secuencia de un Thriler mundano.

Esto de interrumpir me hizo acordar a sus pesadillas. Las pocas noches que pasábamos enteramente juntos (decir “las pocas noches que dormimos juntos” sería inapropiado puesto que yo nunca pegaba un ojo al lado de Ídica) se la pasaba dormitando pesadillas gigantescas, de esas gritonas y burlonas, que si era yo de poder dormir aunque sea unos cinco minutos, me veía asaltado por esos gemidos placenteros mezclados con esos gruñidos de Bulldog hambriento que me hacían perder la razón, de un lado a otro del sentimiento, de un polo al otro del mundo.

Entre tanto barullo triste y el efecto de las pastillas, que cada vez se hace más presente (te matan muy lenta y dolorosamente) se me olvidó mencionar, tal vez, que Martindez fue mi paciente durante el amorío, que la conocí como tal y que me enamoré la noche luego de la tarde en que entró por primera vez al consultorio. Entre la primera sesión, en la que comenzó nuestro romance, y la última, en que terminó, pasaron algo así como cinco meses, y, hecho fundamental, pasó también mi cumpleaños, fechado entre la penúltima (triste) vez que la vi, y la renombrada (tristemente renombrada) ocasión del asesinato. He aquí entonces algunos datos más precisos para la reconstrucción de los hechos, que fue también nuestra historia. Pero claro está, todo esto se trata de un crimen pasional común y corriente, que intento esclarecer aún para mí al tiempo que para quien haga de este documento algún objeto de considerable aplicación práctica. Aunque sea una carta de despedida (recordarlo es tristemente necesario).

Recuerdo perfectamente esa primera sesión, sí claro, perfectamente, estoy llegando a pensar que no hay cantidad de pastillas que sea realmente eficaz en su propósito de borrarla de mi mente. Escuché sus tacos saliendo del ascensor mientras cerraba la puerta con la fuerza de una desesperada, y caminó hacia mí, que siempre espero a mis pacientes agazapado detrás de la puerta para escuchar como caminan hacia la puerta y cómo tocan. Eso me daba muchas pistas: depresión, grado de violencia, apuro, y sobre todo, la ansiedad. Ella estaba especialmente ansiosa y violenta. Tenía ya entonces todo preparado, ya sabía como hablarle, aún sin conocerla. Toc Toc. Una ansio-depre, me dije.
Sin embargo todo lo que sucedió en esa sesión, como así también a lo largo de todas las sesiones, de todas las sesiones de terapia y de todas las sesiones de amor, me hizo sentir descolocado. Me sentí perdido, desorientado, fuera de órbita. Llegó, la miré, me miró, hubo una tensión en el aire, que hacía chispas por todos lados, prendiendo fuego su espeso pelo negro ondulado, su gesto duro, su fea pero demoníacamente atractiva figura, que desbordaba de un erotismo impuro, me repito, demoníaco, sus ojos de tigre y su vestido rojo, que no la favorecía, pero también en llamas, su rostro como su pelo, espesamente envejecido pensé por el alcohol y el dolor y los años, su robustez, me hizo pensar la mujer en un vehículo sin frenos en una pendiente hacia abajo, peligrosa, me asusté, me excité, y me volví a asustar. Toc Toc, esta vez a mi cabeza, que las pastillas se me están subiendo.

Entró en llamas, podía advertir al diablo en su dentadura, en sus ojos filosos y sus cuernos rojos. Lo primero que dijo no fue un “hola” sino un “me siento sola”. El fuego se convirtió en hielo. Y el hielo se hizo oscuridad cuando agregó: “sé que vos me podes salvar”. Se me subió un erizo por la espinal dorsal, como un hechizo que esa bruja vertió sobre mí, desde la primera vez que entró en mi terreno y me lanzó su mirada apresadora. Fatal. Fui víctima de una antropofagia psicológica en mi propio consultorio. ¿Yo? ¿Apenas yo, este conglomerado de años perdidos con traje gastado y ojeras en permanente tensión, la mirada obsecuente y la cabeza gacha, era capaz de salvar a la misma encarnación de la mujer diablo en apenas cinco segundos en los cuales me comió como un bocado y me masticó con la rabia de un perro? ¡Debía entonces hacernos morir a ambos!

Me invitó a tomar unos tragos. Eso iba en contra de las normas morales de mi profesión, pero poco ya me importaba, acepté luego de vacilar pensando en que todo aquello que aluciné era simplemente una transferencia, pero que sin dudas me correspondía a mí: era yo el que transfería toda mi libido hacia su humanidad de miles de años, que hacía posar mis ojos en sus piernas, pero en sus palabras había algo… especial. La extravagancia me hace desdoblarme completo. Siempre trató de esconderme de ella, pero al verla personificada, tomé la actitud contraria, y era todo a futuro, pura aproximación, pura adrenalina y conspiración con la suerte y la fatalidad para seguir viviendo. Me gusta estar en la antesala de las grandes cosas, de los grandes acontecimientos, me gusta palpar la tensión en el aire, sentir que todo está a la expectativa de un cambio, de una revolución, de un barajar y dar de nuevo, por eso hoy elijo la muerte también. Por eso escribo sin parar, por eso las pastillas todavía no hicieron efecto.

Acepté. Tomé sin parar, la observé fumando, la observé tomando a ella también, como una bestia. Tomaba, aspiraba y tragaba como una pocilga humana o un parásito mil veces un parásito. Me vi. Tomando a mi también y claro, las pastillas y el alcohol no son buenos amigos. Tampoco lo son el desamor y las fábulas. Acepté también ir a un hotel. No me acuerdo si acepté o lo propuse o si llegamos por inercia de ese primer contacto, de esa primera mirada.

Como aquel día y aquella noche, primero teníamos sesiones desenfrenadas, cargadas de pasión, de diálogos cruciales, íntimos y profundos, y luego hacíamos el amor. Pero nuestros encuentros si bien eran intensos, eran muy esporádicos. Pasaba semanas enteras sin llamarme, y nuestra relación se basaba en esas dos horas de sesión entre lo psicológico y el desenfreno. Por supuesto que no me bastaba. Guardaba religiosamente ese horario de la semana, en que aparecía cada tanto, a veces llamaba antes para avisar que venía, a veces no. Y esperaba ahora detrás de la puerta pensando sólo en escuchar sus tacos retumbar nuevamente. No lograba enfocar mi atención en absolutamente nada más, mi vida me pasaba por al lado mientras en mi cabeza volaba su vestido rojo provocando amnesia de todo lo que me constituía como ser. No podía concentrarme ni escuchar a ninguno de mis pacientes ya, olvidaba sus pesares, sus confidencias, eran minúsculas, obscenas, comunes y corrientes, terriblemente aburridas. Yo la llamaba, era capaz de producir ese esfuerzo, pero siempre dependía de su llamado.

Siempre sentí que era yo el analizado, el que estaba sólo (y entristecido), quien necesitaba ser salvado. Ídica cambió mi mundo para siempre y me hizo sentir como una piltrafa y una tristeza personificada y me hizo agonizar con cada ausencia prolongada, y morir y renacer con cada reencuentro, con cada acto sexual, que me hipnotizaba a tal punto de no saciarme a pesar de los múltiples orgasmos, espasmos, o desmayos del alma, a pesar de los golpes a su espalda y a la mía, de los moretones en los brazos y en la conciencia, las pastillas y el alcohol, el pelo, la piel, los zarandeos de la vida toda y ella tomando las riendas del títere en que me convertí desde aquella primera vez.

Pero hubo una ocasión especial, que encuentro ahora definitiva. En medio de una de las ausencias, que fue la última, lo juro, y que no sé ya a esta altura de la tristeza, la patología y el veneno, de cuanto tiempo fue, pasó mi cumpleaños. Imagínense a Narciso, esperando a su peluquero favorito, esperando el llamado de su peluquero que mejor dejaba su cabellera el día de su cumpleaños, o peor, esperando su mismísimo y propio llamado telefónico el mismísimo día de la conmemoración del día de su nacimiento: pues así permanecí como un triste anciano al lado del teléfono, mirando las agujas del reloj, esperando, esperando y esperándola. Semejante justificación, ni narcisista, ni patológica, ni esquizofrénica, semejante pretexto tenía ya para descuartizar esta pesadilla y entristecerme como ahora, para siempre.

La oí salir del ascensor, me agazapé detrás de la puerta (a esta altura ya me olvidé de cuantas pastillas tomé, igual ya no siento las piernas). Tomé más pastillas, una porción como una daga en el corazón, dotación mortal y sus tacos resuenan ahora en el pasillo, aproximándose. Tengo todo listo. Toc Toc. Me duermo. Créanme, no sólo ustedes no saben hasta donde es capaz de llegar mi ficción.

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El Enclaustro.

La puerta se abre y la sombra que de ella surge hacia los primeros metros del lugar es el indicio clave que la mira fijo como invitándola a entrar. Las paredes habrán de estar cubiertas de sangre, y luego de coágulos y luego de olvido. El piso guarda el anhelo de algunos pasos perdidos, bañados en huellas ausentes, que se buscan y por eso huyen. Son como niños jugando a las escondidas, en forma de espejismo y aullidos sordos que se alejan como el final de una canción.
En la habitación no hay muebles. Hay una cierta tensión que dejó latente la historia, sedimentos en el aire, nombres, perfumes, cabelleras, formas, voces, muebles que estuvieron, que tuvieron vida. No hace falta abrir los ojos para verlos, ni a los niños jugando, ni a su madre planchando, ni a su padre renegando, ni a sus flores amanecidas.
Ahora está en la sombra, en el silencio tortuoso de las agujas de algún reloj que se pierde en la pared, perdida y desnuda. La persiana se mantiene baja y se encarga de no dejar pasar absolutamente ningún rayo de sol. No por eso la sombra será eterna. La sombra ya es sentencia del pasado y su viejo cuarto no tiene luz ni tampoco muebles ni tampoco voces, como divina justicia por mano propia.
Siempre existió ese lugar donde los contornos se desarman, donde la estructuras fallecen (qué palabra) y el que padece es el orden. Ése fue el lugar que fue este cuarto. Ése es el lugar con que Marta hoy siempre sueña, soñándose una y otra vez en él, como en un mundo del revés, esa canción que nunca termina. Un mundo en blanco, piensa, donde nada ha sido escrito, ni pintado, ni vivido, ni soñado, ni hecho, ni construido, ni inventado.
Los cuadros de su vida, de marcos de mermeladas que saben a mármol, ahora empiezan a invadir su memoria, sus ojos cerrados: crepúsculos de naturaleza muerta (qué palabra), crepúsculos al mediodía, crepúsculos cuando amanece; soles tenues, como duraznos pálidos; cielos atestados de nubarrones; fotos en blanco y negro donde una abuela cocina arroz con leche; una foto en primer plano, sepia, de una madre íntima. La madre íntima del primer novio, del primer beso, de la primera cartera, del primer vestido, pero nunca la madre de las segundas veces. A la segunda vez ya se pierde el miedo a volar.
Aterrizan ahora sus ojos sobre lo único en la habitación que permanece sólido, ni erosionado ni parcialmente desintegrado: una vieja cajita musical. Una puerta, en ella, a través de ella y a través del tiempo y de la vida. Una música triste y oxidada bailarina que se cansa tras dos vueltas tibias. Una canción que se termina también cansada.
Entonces, el ambiente cambia: de la calma a la desatada tormenta sin pausa. Los cuadros que atesoraban sus ojos entrecerrados se rompen, se resquebrajan. Las paredes húmedas son ahora violencia urgente y su rostro frunce una mueca de defunción (qué palabra). Sus pupilas se vuelven pálidas como el mármol de sus brazos, frágiles, pero también ásperos como una lija. Así como la soledad.
Y ella vuelve. Vuelve en esa canción que una muñeca guardó en una caja del tiempo. Vuelve a las esquinas donde ya no hay nada, a las veredas del otoño que ya cuestan caminar. Las esquinas y las veredas, y las medianeras también, van llenando el vaso traslúcido que deja ver a través de sí lo hermoso de lo que es insalvable. Los amores incompletos, las historias partidas. Lo hermoso de lo irrecuperable, lo hermoso de lo irresuelto, de lo fatalmente (qué palabra) irresuelto.
La vigilia nunca se muere (de hecho).

viernes, mayo 12, 2006

A dorar Otoño

Una condena del tiempo,
al tiempo.
Una sentencia del espacio,
al espacio.
Un Abril lento es quien se encarga
de bajar el martillo dorado.

Par
corazón
vuelo
llanto
ve
cielo
espera
otoño
descanza
dorar
muerte
adorar
vida
sol
rayo
despierta
santo
oscuro
dios
venera
melodía
magia.

Ventanales.
A Lu

Las hojas crujidas y doradas
batidas por un otoño lento
que danzaban en el fondo gris
tristes al compás del viento
vieron brotar un destello
del trazo mágico de un hada
que a espejo del paraíso
pintaba una ventana
de blancos, maderas y cielo
con un intenso amar
detrás de sí.

Las noches de calor intenso
sin aire, de ventilador e insomnio
que bailaban un ebrio ritual
donde poder demorarse
vieron brotar la flor
del tallo mágico de un sol
que a espejo del amanecer
se asomaba por tu ventana
de verdes, maderas y bosque
con un intenso amar
detrás de sí.

Helada.
Un aliento tenaz, feroz e incorrompible,
una mirada que hiela,
perpetuo de mi alma,
un instante.
Una caricia que no es,
y que entonces me apuñala.

Un frío inmenso e inconmensurable,
detestable paradoja es el viento,
caundo pasa y bate los huesos,
y no se lleva consigo las distancias.

Un espejo precoz y desesperante,
casi que aquella era tu imagen,
pero no,
esos ojos que se desvían inconfundibles,
hacia el horizonte,
que no es,
mi horizonte.

Y así uno se va mueriendo,
la muerte es tenaz,
imbatible y triunfante,
y en los inviernos y soledades,
quizás el precio de una próxima (o anterior)
felicidad.

El letargo.
es un dolor, el letargo
pero cómodo, lánguido.

la tirste sombra de no ser,
acomoda los grises ásperos de tu piel
y tus sueños se hacen de mármol.

yo, soy tu letargo
triste, esperando
habitar un nuevo cielo,
que ha sido depuesto.

Pero no te advierto que
la muerte es mas peligrosa
cuando se ausenta, cuando calla
porque te abandona al abandono.
Y entonces te pierdes,
no recomienzas, no resurges
tus sueños se hacen de marmol,
tu figura es una estampa de otros años
que han dejado su marca
para tu cita con la muerte.

Encuentro en lo perdido.
Fue un teatro mago
que nos fue negado
para ser el cristal del néctar
de sueños idolatrados.
Fuimos locos arropados
de lo cirquense contenido
tuvimos un público imaginario
de atardeceres perdidos.
Tuvimos noches sin estrellas
invernales rocíos sin abrigo
flores que pedían soles
y fueron descansadas en vino.
Sufrimos la daga dragón
del eco de recuerdos vacíos
el otoño de los árboles
y venenos que nos dejaron vencidos.

Sin embargo fueron los soles arrepentidos
quienes quedaron a mitad de camino.
Y las baldosas aplaudieron nuestros pasos
orgullecidas de nuestros brazos
que supieron construír el cielo
que el destino nos había negado.

El Ogro.
Ni un poco más atrás de todo
ahí donde no se llega
al iceberg
en puntitas de pie.
Ni tampoco muy allá
ahí donde se babea
el horizonte
en manos de la miel

Donde hermano mas agitas
es donde gira el viento
muy firme te plantás
y marcás el sendero.

El repudio.
Nose si fueron renconres
muchas baldosas pisoteadas
se esmeran en buscarnos
pero nos perdimos amándonos
entre las calles revueltas
y los bares precoces.

Nosé si esto es el dolor
pero se le parece bastante
ser desterrado en la noche
en ésta y en cada una
obligado a callar y lamentarse
por las distancias insalvables.

Nose porqué dudaste
si sé como se bifurcan los adioses
antes de cualquier aviso
se me returecen los caminos
que soñaba ingenuo, desprevenido
y que el destino para mi no quiso.

Nosé porque
me pasa esto de querer repudiarte
de necesitar repudiarme
de tan sólo perderme.

4/4, tardecita hermosa que arruiné, agronomía, ciudad de Bs. As.


"Sentir es un delito cuando
pasa la noche sin
nosotros dos" (Juan Gelman).

miércoles, junio 29, 2005

Pensar en Blogg 2 (según el otoño).

Había una vez un cuento que sólo tenía final. Había otra vez otro cuento que sólo tenía principio, y había una tercer vez un tercer cuento que tenía sólo nudo y desarollo. Había una vez un hombre...
Al empezar, transcurrir y pasar, el otoño deja un huella profunda como un azul de un mar intenso que pesa y se rebalsa, empapándolo todo. Deja una huella que destierra cuentos. Y en el medio, están los hombres, algunos sólo con principio, esatancados en la nostalgia, otros en el nudo, y otros que apenas divisan entre la neblina algún futuro, que sólo tienen un final, los que barriletean un sueño. Suelo mirar, entre cuentos sin definir el rumbo que van tomando las cosas, desde mi ventana.
No es de mi agrado subir poesías a este blogg, sobre todo porque no cuajan en el concepto que quiero impirmirle. Sin embargo, me veo inmerso en la necesidad de dejar un tetimonio mas sobre los estragos que deja el otoño, la posguerra del hombre ya sin cuentos...

Miercoles de Poesía.

Síntomas de la vida en otoño
La mañana se desmaya
todo se desmaya
el cielo se vuelve azul intenso
y cae
como un manto de plomo
sobre un jardín de flores marchitas.

Todo se desvanece
el atardecer parece desvanecerse en el paladar de la mañana
cuando el cielo es violeta y naranja
y parece elevarse y traspasar el horizónte
cuando este es metáfora del futuro
como el otoño crudo lo es del presente.
Es otoño
siento la escarcha y el viento frío soplar
batiendo mis huesos
haciéndome permeable a la debilidad.

Cuando todo se desmaya,
las siestas eternas se desvanecen, se desarman
duermen en mi sien, y soy
la primer hoja del otoño que ya ha caído
entregándome al viento y a ese cielo naranja y violeta y siempre azul
al cielo azul que aplaca y que libera.
Cuando todo se desmaya,
es el frío de tu ausencia,
el primer síntoma del otoño.
_________________
Amarga
Muros eternos de la nostalgia,
se han levantado las horas contra mí,
se han vuelto a dispersar los recuerdos,
sobre las caras, las plazas, los balcones,
los corazones, las resacas, las ansiedades, el horizonte...

la espera es tan dulce que empalaga,
ilusiones que se duermen en mi paladar,
néctar aquel de tus ojos en almíbar,
de todo aquello que por perdido nunca volverá.

y te extraño,
extraño tus tardes,
sólo cuando parece amanecer,
y las horas se levantan contra mí.
______________
Estación
Es en este,
mi lugar que me retiene,
solo donde el viento parece soplar oro,
que tu rostro por fin descansa.
Mirame bien,
y sentí como todo gira menos yo,
estoy estancado en esta estación,
mirándote a los ojos,
y por dios que es verdad que nada mas importa!.
Es aquí y sólo aquí,
donde el viento sopla oro,
donde el otoño murió en la estación de tus ojos,
de donde no he de partir jamás.

viernes, mayo 27, 2005

Bron Yr Aur: Diario de un viaje de miel.



Emprendí un viaje sin viajarlo: escalé montañas de sueños, pero no de granizo ni de tierra, los volcanes que erosionaron eran mis ilusiones, no eran lava candente y roja, sólo quemaban acá adentro. Entonces investigué, y el tiempo juntó varias sensaciones, me mareó un poco, me tapó de tanta información, de tanta sensación de estar inmerso en una realidad irreal.
Este es el diario de mi viaje:

A lu...
Se hizo miel todo un cielo de regalo, cuando aquél mensaje que parecía escondido en un mundo fantástico, se reveló contra el tiempo, la maldita suerte y la deambulante desgracia, para hacerse presente y pintar de tinta azul un instante perplejo y eterno. Eso aconteció, cuando dos conejillos que vagaban por el verde de aquél sublime lugar, lleno de encanto infantil y natural, se soñaron y casi platónicamente se recordaron.
Fue un amanecer luego de una noche violenta, de las que golpean los bajos instintos del corazón, llenos de excesos, lujuria y rocanroll. Él soñaba, con sus paletas clavadas en el suelo de aquél verde, soñando con una acústica tentación, pero sin poderlas levantar del suelo de tan pesadas. Cargaba con su soledad. Ella, en cambio, venía a iluminar el escenario del despertar del sol: traía una sierra tan filosa como los labios de su corazón, rojo sangre, rojo amor. Según algunos diarios de viaje de peregrinos fanáticos por aquel hermoso lugar, pude averiguar que ella también era conocida, un tiempito atrás, por sus estruendosas paletas, a las que odiaba. Y que, regalo de las hojas de otoño del dios de la montaña "del pecho de oro" le habían concedido el poder de hacer de su corazón una motosierra que cortara las paletas de tan sólo un conejito perdido, de los tantos que cagaban por el bosque, y de perder sus paletas tan pesadas para poder levantar su cabecita de la mirada perdida hacia el suelo y poder fijarse en ellos.
Así fue que, ese instante del que hablaba al principio, limó algunas asperezas de la realidad, sorteó algunas trabas y finalmente armó el escenario del paraíso, con un poco de trabajo duro y a la vez hermoso: los juntó. Ella peló motosierra, miró a los ojos del varón triste, de plomo, y lo sacudió de un trompetazo. Sus paletas volaron, y sus ojos entonces contemplaron: El cielo se volvió miel y al fin, revoleó el ardor de su alma y lo despedazó por mil partes al degustar la miel de las orejas de su salvadora.

Se cuenta también, que dichos conejitos han habitado aquella cabaña construida con el objetivo de juntarlos, por un largo tiempo, hasta que desaparecieron físicamente. Pero que dejaron un legado artístico: años mas tarde, unos rockeros que también pasaban largas noches de juerga en ese mismo bosque y luego pasaban amaneceres lunáticamente sensibles, construyeron allí una máquina de arte llamada Led Zeppelin III….

Más sobre este lugar...
www.back70.com
http://www.led-zeppelin.it/htm/home/01.htm
http://zoso.jp/uk/wales/bron-yr-aur03.html
http://digilander.libero.it/zeppelin_elly/Houses%20of%20the%20Holy.htm

jueves, mayo 12, 2005

Bronca: Contra la causa Momia y sobre uno mismo.

Muertos enlazados a una incómoda posición babosa y de tono gris, soplando el polvo de coherencia aplastada por lo común y sobrio del río de sus ideas de plástico y por demás intelectuales. Intelectualoides intelectuándose, psicoanalizadotes de perros y gatos y vagantes analizadores de la nada, críticos de la no-esencia, preguntadores sin preguntas que rasgan superficies de razón pero no perseveran en la búsqueda de lo grande: las Momias ignoran.
Ridículas realidades de las que no tienen tierraniaireniaguanifuegonisolniverdenialma, realidades que son pura abstracción, conforman sus debilidades. Alienados en un pedazo de conocimiento que pretenden sea más grande que su propio ser.
Allá ustedes Momias, váyanse, piérdanse, naveguen sus mares sin sal... Pero no me rompan más las pelotas. Estudiensen un poco el corazón.
Yo pienso distinto, y soy distinto: soy un hereje y un arrogante y cobarde detractor a la causa Momia. Soy un cascote revoleado a otro cascote, señalado por el dedo del científico y su implacable superioridad sobre el que perdido está por no creer en la verdad de la carne mas el pan rayado sino en la milanesa y sus sentimientos torpes.
No necesito de su educación, no necesito de su control, ni de sus reglas, ni de su coherencia ni de su razón. No necesito indagar acerca del inconsciente, ni de las leyes económicas ni de los jefes de cátedra del nunca jamás y sus corbatas tan feas.
Soy un marginal del fin del mundo buscando los caminos del corazón... Asumo mi condición de tal y rompo el contrato adentro mío que alguna vez firmé con toda esta farsa, y ahora me queda tan sólo una dicotomía aguda: ¿Romper o cambiar?. Pelearle a las momias vendándome los ojos regresando a la edad media de mi consciencia no me convence, no me compromete conmigo mismo....
Quizás mi único deber hoy es intentar que no esas una momia, que consigas un doctorado en hacer tu propio camino, que no te pierdas mas y me ayudes a no perderme a mi.
La vida te pide que la compliques un poquito nada más, sólo para que le des algo de vos.

miércoles, abril 27, 2005

Borda o fuera de borda, desbordados.

El lunes empezó, para millones de ciudadanos bonaerenses, demasiado homogéneo: a todos nos sonó el despertador, para todos arrancó la semana, y nos movimos entre nuestros ojos sin mirarnos siquiera en la vorágine de ese oficio impuro y cotidiano que acordamos nombrar obligación. Fue tan homogéneo y rápido el trámite del despertar con el café y con el ruido de los motores rabiosos, que casi no atinamos a ver el hermoso sol que nos regaló el primer día de la semana, a pesar del odioso frío. En las oficinas, muchos papeles, muchos señores de sobrios traje gris que no despiertan más que indiferencia, y alguna que otra excitación imprudente por culpa de las minifaldas de sus gatas secretarias. En los cafés, algún que otro loquito, cafeína, muchas palabras y pocas verdades. Nosotros, en tanto, quizás no estemos locos, pero si somos veloces, veloces y tan fríos como este día Lunes de abril.
La nube del tiempo nos arrastró al mediodía, y nos dio hambre: es la hora en que se llena Lavalle, Corrientes, y sus cafecitos y locales de comida velocirraptor. Entre algunas camisas manchadas y el resto indefectiblemente sudadas, entre el asfalto caliente y lo caliente y tóxico del escape del tránsito automotor, volvemos a encerrarnos, sin haber cantado mucho, sin haber respirado aire puro, la mayoría sin haber besado, los otros felices tal vez, con el ánimo repuesto.
Después de haber vivido la mitad de un día igual al siguiente, que también terminó antes de haber empezado, me propuse visitar a la gente que en vez de vivir en un mundo inventado, como bien saben ellos, inventan mundos e inventan realidades, porque la que supuestamente se jacta de ser única y central, no los tolera, de la misma forma que ellos tampoco la pueden superar. El odio es mutuo.
Así fue que llegué al barrio de Pompeya, uno de esos barrios de techos bajos y calles anchas de piedra, donde te cuentan cómo antes, hace veinte años, te podías sentar a tomar un mate con los vecinos de la cuadra y cómo hoy mejor andar precavido. En ese barrio se encuentra el Hospital Municipal José Tiburcio Borda, que se llama de esa forma desde 1967, pero fue fundado bajo el nombre de Hospital de las Mercedes, allá por el año 1887, y que a partir de 1957 tiene establecida la residencia Pisquiátrica y desde 1993 fue designado Hospital asociado a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos aires. Para la gente del barrio, simplemente el loquero. Preguntando por el loquero los vecinos me llevaron hasta la calle Ramón Carillo al 375, donde tras pasar como estudiante de psicología uno accede fácilmente y sin restricciones al hall de entrada del viejo edificio blanco.
La población del Hospital esta conformada por más de mil pacientes y un total de 965 empleados, por lo que se hace difícil saber quién es quién ahí dentro. Entre los 965 empleados, 305 de ellos son profesionales (médicos y psicólogos), 311 enfermeros, y 75 personas se encargan del mantenimiento, conformando la trilogía que más relación tiene con los pacientes, quienes deambulan tanto por los pasillos de los tres pisos del edificio como por el gran parque que contiene el hospital. También concurren una gran cantidad de estudiantes y profesores que realizan allí sus estudios de psicología, conformando, junto con las autoridades administrativas, la totalidad del plantel del Hospital. Las prestaciones que brinda el mismo al paciente internado son de terapia individual y familiar, psicodiagnóstico, asamblea de convivencia,talleres de creatividad y terapia ocupacional, entre otros.
Visto así pareciera un frío hospital, que no sería mas que eso que conocemos como tal, ese olor tan particular que tienen los hospitales, o más bien esa visión que tiene el inconsciente colectivo sobre los loqueros que se resume en la mirada de Frankestein o en el estereotipo del chaleco de fuerza y la mirada demoníaca de un tipo que se balancea como si estuviera en una mecedora gritando barbaridades. Sin embargo no es así, de hecho conviven dos realidades muy fuertes: por un lado, muchos de ellos están drogados y por lo tanto casi no hablan y permanecen tranquilos tirados en un rincón, otro grupo son ancianos con una demencia realmente avanzada, y el resto se le viene encima a uno en busca de una moneda o un cigarro, en modos no muy convencionales; pero por otro lado en contraste con esta triste realidad existe un centro cultural, donde se encuentran muy bellas y exóticas obras de arte, desde esculturas hechas con pilas de chatarra hasta maravillosos óleos que serían la envidia de muchos artistas. Estar en el galpón de las artes con su parque me devolvió aquella sensación del jardín de infantes donde uno entraba en un mundo constante de fantasía, pero sin embargo persiste esa sensación de cuento de terror, una mezcla bastante tétrica. También puede sintonizarse la radio la Colifata, que emite su señal desde adentro del hospital mismo. Así entonces se constituye un ambiente muy particular, casi como si fuera un cuento infantil pero inmerso en una terrible realidad. A veces es tan intolerable estar allí adentro que muchos de ellos se escapan, pero en su mayoría vuelven después de su travesía, porque necesitan comer o un lugar donde dormir. Muchos de ellos escapan también porque en muchos casos no soportan la intensidad de las medicaciones, que según lo que ellos mismos cuentan, les producen grandísimas depresiones, que en algunos casos los llevan al consumo de drogas sociales como la marihuana o la cocaína.
Nicolás, un loco con el que tuve la oportunidad de charlar, me dijo algo muy interesante, que Freud “entró a un hall, al hall de la mente humana, pero no llegó a las habitaciones, a la cocina, a los baños”. Ojala alguna vez lleguemos. También me habló acerca de que la mente humana “son cajitas, muchas cajitas que en su interior encierran cosas. Pero a veces esa cajitas no podemos abrirlas”.
Afuera, en la vida de los cuerdos, hubo un sol radiante durante toda la tardecita. Sin embargo, allí dentro, pareciera estar siempre nublado en el horizonte de sus mentes. Entonces se encargan de pintar soles radiantes, realizar divertidísimos programas radiales y escribir delirantes cuentos, peleando contra ellos mismos. Tratando de que no se les nuble también el corazón.De la misma forma que el principito se negaba a vivir entre geógrafos sin montañas que analizar, entre reyes sin reino tan ridículos como todo rey e ignorante como todo opresor, estos hombres viven en su propio asteroide, imaginando, imaginándose, construyendo, construyéndose. Dándole la espalda a la realidad, pero con las manos atadas. Y recibiendo el gesto desinteresado de una sociedad que los deposita donde no pueda verlos, que avanza a un ritmo vertiginoso y dándole la espalda al otro, aún pudiendo mover sus manos y girar su cintura. Una sociedad, nosotros, los no locos, los que tampoco podemos ver el sol.
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Por último, los dejo con un texto que escribió un genio en potencia (del que ya les hablaré luego) que esta para internarse porque quiere volverse algo loco, pero ojo, no tan loco:
Desde lo más profundo de mi ser creo que la palabra "loco" nos es común a todos. La locura que la sociedad establece es esa locura que depende de quién enjaula a quién. Pero no, mejor no hablar de ciertas cosas. Yo me refiero a la locura que nos hace únicos, nos hace diferentes a los demás y permite que todo esto no sea una monotonía aún más grande.Esa locura que a veces es condenada (así será cada vez que alcance cotas "desmesuradas") da la oportunidad de imaginar las cosas con una perspectiva singular y fantástica, tan propia como la misma mirada. Hay locos que son todo creación, todo imaginación, todo sueño. Esos son los que dan pequeñas huellas que asisten a la moribunda esperanza para darle un aliento vital. Y hay otros locos... los locos que destruyen, que limitan, que cierran. Son locos demasiado locos: son cuerdos. Son los que destruyen a sus diferentes, los que atan y mortifican, los que cambian y adaptan, los que quieren liderar. Visten un sadismo a flor de piel que dificilmente se pueda comparar con otra cosa que no sea su egoísimo. Son locos que, una vez que hicieron su mundo, nos golpean con él hasta matar todas nuestras ilusiones e ides, todos nuestros criterios y valores, todo nuestro bien y nuestro mal, y ahí criarnos en base a su planeta de locura tan loca, y... ¿saben qué? Yo no quiero volverme TAN loco. Por Lucien.